TRAS MILES DE KILÓMETROS DE ANDAR Y ANDAR LOS CAMINOS DESDE HAITÍ PARA LLEGAR A LA TIERRA PROMETIDA QUE ES NORTEAMÉRICA, EL SUEÑO SE ROMPIÓ EN LA FRONTERA ACUÑA-DEL RIO, NO ERA TAN FÁCIL, NO ERA COMO LES DIJERON, COMO LO IMAGINARON. ESTOS SON LOS ROSTROS DE LA MÁS GRANDE CRISIS MIGRATORIA EN COAHUILA DE LAS ÚLTIMAS DÉCADAS

TRAS MILES DE KILÓMETROS DE ANDAR Y ANDAR LOS CAMINOS DESDE HAITÍ PARA LLEGAR A LA TIERRA PROMETIDA QUE ES NORTEAMÉRICA, EL SUEÑO SE ROMPIÓ EN LA FRONTERA ACUÑA-DEL RIO, NO ERA TAN FÁCIL, NO ERA COMO LES DIJERON, COMO LO IMAGINARON. ESTOS SON LOS ROSTROS DE LA MÁS GRANDE CRISIS MIGRATORIA EN COAHUILA DE LAS ÚLTIMAS DÉCADAS

POR FRANCISCO RODRÍGUEZ, JESÚS PEÑA Y CARLOS ARREDONDO
 FOTOS Y VIDEO DE OMAR SAUCEDO

El número de personas indocumentadas detectadas en la frontera entre Coahuila y Texas se multiplicó por cinco entre 2020 y 2021, pasando de 40 mil 342 a 214 mil 993, de acuerdo con estadísticas públicas de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos.

En esa estadística, correspondiente al Sector Del Rio -división que coordina una decena de estaciones migratorias en el sur de Texas-, migrantes de origen haitiano aparecen con una de las mayores tasas de crecimiento en el mismo período: pasaron de dos mil en todo el 2020, a 19 mil 523 en 2021. Pero de ese total, casi el 70 por ciento, es decir, 13 mil 452 fueron detectados solo entre junio y agosto pasados.

En ningún otro sector de la frontera entre México y Estados Unidos el arribo de personas provenientes de Haití ha tenido un crecimiento semejante. De hecho, los nacionales haitianos detectados en el Sector Del Rio constituyen casi el 66 por ciento de todos los migrantes de esa nación caribeña identificados por la Patrulla Fronteriza en la frontera sur de la Unión Americana durante 2021.

¿Por qué han escogido este punto de la frontera para intentar el ingreso a los Estados Unidos?

El cauce del río baja por las mañanas, decenas de familias aprovechaban para cruzar ida y vuelta, antes de las 3:00 pm para evitar exponer a los niños.


Para Evaristo Lenin Pérez Rivera, ex alcalde de Ciudad Acuña, municipio coahuilense donde en los últimos días se han agolpado, de acuerdo con algunas estimaciones, hasta 15 mil migrantes debajo del puente internacional que une esta población con Del Rio, Texas, la explicación podría encontrarse en tres elementos: la difusión de una falsa expectativa sobre la posibilidad de obtener refugio, las condiciones de seguridad que ofrece Coahuila y la menor vigilancia de la Patrulla Fronteriza en la zona.

“…Es un fenómeno que se provocó por el propio Gobierno de Estados Unidos en una expectativa que no se difundió adecuadamente, porque tienes un alto porcentaje hoy de haitianos, que están en Acuña y que no vienen de Haití”, explica.

La confusión podría derivar del anuncio realizado por la administración Joe Biden, el 22 de mayo pasado, de extender por 18 meses adicionales la condición de “protección especial” para unos 150 mil haitianos que migraron a Estados Unidos luego del terremoto que devastó a su país en 2010. El anuncio pudo generar la expectativa de que sus familias tendrían la oportunidad de recibir el mismo trato.

En la entrada del campamento familias concentraban nuevas pertenencias como ropa o zapatos obsequiados por ciudadanos de la frontera.
La comida que más abundaba del lado mexicano eran guisos con pollo y frijoles.


Por otro lado, Pérez considera que los migrantes, en general, tienen una percepción de “cierta tranquilidad y seguridad” para intentar el cruce a través de Coahuila debido a que aquí no se registra la presencia del crimen organizado como ocurre en entidades como Tamaulipas o Chihuahua.

Por su parte, Brígido Moreno Hernández, diputado Federal y miembro de la Bancada del PT en el Congreso de la Unión, tiene otras hipótesis que incluyen la acción del crimen organizado e incluso intereses de grupos políticos de los Estados Unidos.

Nativo de Ciudad Acuña, destaca que el arribo de miles de personas en pocas horas, “da a entender que pudiera haber otras manos que están meciendo la cuna, porque no es común que llegue tanta gente en un solo momento”.

Entre los elementos que le llevan a conjeturar tal posibilidad señala el hecho de que los migrantes haitianos hayan llegado a la frontera “con buenos camiones, con buenos transportes, con dinero para cubrir sus necesidades”.

Un elemento en el que ambos entrevistados coinciden es que el destino original de los migrantes no era solamente Acuña, sino también la vecina población coahuilense de Piedras Negras -91 kilómetros al este-, pero allí el gobierno municipal encabezado por el morenista Claudio Bress Garza montó un operativo policial que lo impidió.

El gobernador de Coahuila, Miguel Ángel Riquelme Solís, afirmó el pasado 21 de septiembre que el crimen organizado estaría relacionado con el fenómeno, porque el tráfico de personas es una de las actividades ilícitas que realizan en la región de Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila.

El canciller mexicano Marcelo Ebrard ha sido más explícito al decir que “los dirigentes de estos conglomerados” -residentes en Brasil y Chile, sobre todo-, les habrían organizado para viajar a Estados Unidos con la falsa promesa de que podrían acogerse a un programa que solo beneficia a quienes ya residen en aquella nación.

Al final, aunque en el territorio de la especulación las teorías se multiplican, nadie parece tener claro por qué el punto fronterizo que une Acuña y Del Rio terminó recibiendo esta marea de migrantes haitianos que ahora están siendo subidos en aviones para repatriarlos a Haití, o regresarlos a la frontera sur de México.


El pueblo en movimiento que sueña con un hogar

Jimmy Pierre, un espigado haitiano de 34 años, está ansioso por ver a su familia. La tarde del lunes 20 de septiembre llegó al acceso por donde miles de haitianos estaban cruzando de Estados Unidos a Acuña para comprar productos básicos o cargar sus celulares, pero la soga que unía los dos extremos entre Acuña y Del Rio, fue cortada por autoridades estadounidenses.

Del otro lado, en el Puente Internacional de la ciudad tejana, se quedaron su esposa y su hijo de dos años y cinco meses. “Me siento mal”, dice Jimmy debajo de un árbol. La luz de la luna queda relegada por el reflejo en el agua de las luces de las camionetas que encienden los norteamericanos con dirección a México. 

Pasan de las 10 de la noche y Jimmy está inquieto. Hace unas horas –cuenta- lo detuvieron policías en las calles de Acuña, lo golpearon y después lo soltaron. No alcanzó a cruzar de regreso al Puente Internacional. “Un mal hombre, con fuerza, daba golpes con los haitianos. Yo no hice nada”, relata.

Lleva más de una semana en la frontera y como la mayoría de los haitianos que llegaron a Acuña, caminaron por al menos 10 países desde Chile, los menos vienen desde Brasil. Haití, el país más pobre de América; azotado en las últimas décadas por dos terremotos, huracanes, inestabilidad política y económica, violencia, y hasta el asesinato de su presidente Jovenel Moïse.

Por qué salieron de Chile es una pregunta que responden los haitianos: Ever vivió cuatro años en Chile y dice que el sueño de su esposa era –es- vivir en Estados Unidos. Vendió todo lo que tenía, incluida su ropa, para costear el viaje. Even Jeans dice que el clima era muy frío y eso no le gustaba. Marie Ermithe Chickel, madre de gemelos, vivió cuatro años y medio en Chile y dice que no podía encontrar trabajo. A los niños no los podía dejar solos en la escuela. Cristen cuenta que quería experimentar “cosas nuevas”. Miratel Doliscar, soldador de 28 años, solo quiere trabajar. Makington Biam Aimé asegura que la situación política ya no era buena en Chile. Josue Joliest estuvo ocho años en Chile pero afirma que en los últimos meses no había mucho trabajo. Kemberlie Ansrosise de 27 años y un hijo de dos años, salió de Chile porque sentía que necesitaban algo mejor y porque en aquel país no contaban con papeles. Taina Saint Helaine vivió cinco años en Chile sin papeles. Wendy, una migrante de 22 años y una niña de dos años, no sabe qué pasó por su cabeza para salir. Trabajaba en una estética y le iba “súper bien”. Pero una ola de haitianos la convencieron.

Ahora Jimmy Pierre quiere quedarse en México. Regularizarse y vivir aquí con su esposa e hijo. Recuerda que alguna familia le aconsejó que no saliera de Chile, y otra, su hermano, mamá y hermana que viven en Estados Unidos, le dijeron que podía vivir con ellos y trabajar con su conocimiento. Jimmy Pierre se dedicaba al job shipping, “al marketing digital”, traduce el mismo haitiano.

Entre algunos de los objetos que contiene la mochila de un inmigrante haitiano están: zapatos, galletas, ropa, ropa, ropa, ropa, perfume, crema y cepillo de dientes.


Los migrantes haitianos son un mundo en movimiento: Makington Biam Aimé, 39 años y un hijo de 12 años y una hija de 10, es panadero. Marco Joseph, padre de una niña que dejó en Chile, trabaja en la construcción, al igual que Josue Joliest, padre de una niña de 13 años. Cristen limpiaba bodegas y hoteles. Bob Stephen Destiny es agrónomo y camionero. Y Taina Saint Helaine, madre de un niño de dos años, quiere ser periodista. Hay soldadores, cocedores, choferes, albañiles.

Jackner Estilien señala su mochila y cobijas tiradas en la tierra del parque cuando se le pregunta dónde queda para él su hogar.

Este haitiano veinteañero se quedó solo después de que su hermano y su cuñada embarazada, fueran deportados a Haití al cruzar a Del Rio, Texas. “Busco una vida mejor. Es lo único”, dice con una mirada llena de tristeza. Y todos buscan ‘esa’ vida mejor.

Los haitianos como Jackner no tienen un lugar al que llamen hogar. Tienen años sin estar en uno: tres, cuatro, cinco, hasta 10 años de haber salido de Haití. No conocen a sus padres que se fueron cuando ellos eran pequeños a los Estados Unidos, se enteran de la muerte de sus abuelos en otro país y sienten la presión de enviar dinero a los que se quedaron en el país al que no quieren volver. Christoph JanKöfer, miembro de Médicos Sin Fronteras que está en el campamento en Acuña, resalta que un problema, más allá de lesiones y enfermedades físicas, es que los migrantes no saben si pueden vivir en otro país, si son aceptados, recibidos o no. “Toda esa incertidumbre, ese miedo, esa ansiedad, afecta la mente significativamente”, comenta.


Hoy están aquí enfrentándose al río que separa México de Estados Unidos y que también los separa de su sueño. Un río en movimiento como ellos, con una sola dirección.

“Mi hogar es aquí”, dice Miguel Aubar, haitiano de 42 años que perdió su celular en el campamento. Miguel vivió en Chile, en Brasil, otra vez en Chile y recorrió 10 países –o aclara él mismo- 10 fronteras. Es albañil o pedrero. Pero ahora mismo no sabe si intentará cruzar a Estados Unidos.

“¿Cómo que casa?”, pregunta Josué Joliest antes de tomar sus pertenencias y caminar hacia el cruce en el río Bravo. “Puedo vivir en cualquier lado”, añade.

Taina Saint Helaine tiene 28 años, 27 años sin ver a su papá que vive en Estados Unidos. Su casa, la única que considera casa, se cayó en el último terremoto y quiere ganar dinero para levantarla de vuelta. Marie Ermithe Chickel dice que ella puede sufrir, pero sus hijos no. Por eso quiere establecerse en un país para vivir en casa.

Al panadero Makington Biam Aimé le gustaría tener un hogar. El sueño sigue siendo que esté en Estados Unidos. Willy John, que usa un suéter envuelto en su cabeza, solo quiere un lugar donde trabajar para que su familia en Haití no muera pobre o agarren un arma y se vuelvan bandidos.

Jully tiene 28 años y seis meses de embarazo. Será niña y la llamará Bianca. Pero no sabe dónde nacerá. Puede ser en Acuña, en Tapachula, Chiapas o en Haití si se arriesga a cruzar y ser deportada del otro lado del río. Los niños y niñas que llegaron a Acuña son en su mayoría chilenos. Chilenos de padres haitianos. Médicos sin Fronteras contabilizó en algún momento siete mujeres embarazadas.

Cualquier lugar –dicen una y otra vez, uno a uno- es mejor que Haití. No desean volver.

Migrante aprovecha el amanecer para cruzar por provisiones de Estados Unidos a México.  Durante su viaje, migrantes reciben ropa de regalo, lo que visten es más por necesidad que por un mensaje.


El camino de la muerte

Mañana templada de martes.

Kesny, 28 años, está mirando, sentada en una piedra, las hordas y hordas de gente que a esta hora viene cruzando el Río Bravo, de Texas hacia Ciudad Acuña.

Hordas y hordas de mujeres y hombres esbeltos, negra piel, semidesnudos, cargando niños en los hombros, cajas de cartón y bultos en la cabeza.

Una escena que quedará grabada en la cabeza de Kensy y en la de muchos, en la de todos, para la posteridad. 

Son las familias que se quedaron del otro lado, luego de que las autoridades norteamericanas determinaron cerrar el puente internacional para evitar el paso de más extranjeros e iniciar la deportación de centenares de ellos. 

Kensy estuvo también algunos días del otro lado, sin poder avanzar, pero prefirió regresar a territorio mexicano.

Allá –debajo del puente– no había alimento, sólo les daban un bidón chico de agua y un pan con apenas un trozo de queso para todo el día.

Las parejas dormían con sus críos en la tierra, sobre cartones, y el polvo y el sol comenzaban a enfermar a la gente.

Había mujeres embarazadas, Kensy no alcanzó a contar cuántas, y otras con recién nacidos.

Entonces la migra no los dejaba pasar a México para conseguir víveres.

“Le digo a mi marido ‘¿qué vamos a hacer?, mi niño está llorando por comida y nosotros no tenemos nada ¿Alguien puede vivir sólo de eso, con un vaso de agua y un sándwich durante todo el día?, nadie, nadie. Eso me duele porque todos somos seres humanos. No importa el color, la nacionalidad, eso no tiene nada que ver”, dice Kensy.

Con especial cuidado, haitianos que llevaban a niños cargando, cruzaron con mayor cautela; los niños por su parte, observan la escena con naturalidad.


Era domingo.

Ya el lunes en la mañana el gobierno permitió a los inmigrantes, en su mayoría haitianos como Kensy, pasar a México, por el Río Bravo, para buscar comida.

“Le dije a mi marido ‘yo no puedo quedarme más acá porque hay mucho sufrimiento”.

Y Kensy se vino para acá.

Sólo unas semanas antes Kensy había pasado siete días caminando con su hijo de cinco años y su esposo por la selva que se abre entre la frontera de Colombia y Panamá y a la que los haitianos llaman el camino de la muerte, por la cantidad de peligros que encierra.

De esta selva los inmigrantes haitianos varados en el campamento del Parque Braulio Fernández, en Acuña, cuentan de ríos peligrosos que se tragan a la gente, de culebras, cocodrilos, ladrones que despojan a los caminantes de lo poco que llevan y de violadores que ultrajan a las niñas.

“Puedes morir que vivir porque es peligroso adentro”, dice Kensy.

A Kensy, a su marido y a su niño los pararon los ladrones y les quitaron todo lo que traían.

Lo bueno, dice, es que logró sobrevivir.

El día que ella se despidió de su familia para emprender esta travesía fue con llanto. Hoy no sabe qué va a hacer.

“Mientras estabas saliendo de tu país, tu familia estaba llorando porque no quería que tú te fueras”, recuerda Kensy.

Lo peor que hoy le puede pasar es que la migra la agarre y la eche para su país, otra selva, donde no hay trabajo, ni comida, ni luz, ni agua, ni seguridad ni vida…  “Balazos todos los días, muertos, no tienes una vida segura” comparte.

Kesny, de 28 años, observa desde una piedra cómo sus compatriotas cruzan el Río Bravo.

Jackner no tiene un lugar al que llame hogar. Tiene años sin estar en uno, desde que salió de su país hace aproximadamente 10 años.

La impotencia de madres de familia que intentan cruzar el río es señalada por Roseline de 32, al igual que Kesny, sueña con llegar a Estados Unidos para ofrecer una vida mejor a sus hijos.



Un pedacito de mundo

En la tarde soleada y polvosa del llano, Luisa está parada afuera de su c como esperando algo que no llega.

La casa de Luisa no es como las demás: no tiene paredes, puertas, ventanas, baño, lavandería, cocina ni jardín al frente.

Sus techos son unas bolsas negras de hule que su esposo, con ayuda de otros hombres del campamento, amarró a unos cordones sujetos a su vez de unos árboles flacos para formar una carpa que protegiera a Luisa, y a las otras mujeres con sus niños que viven aquí, del calor y la lluvia, más no del frío en las noches. 

Adentro, es decir, debajo del toldo de hules que a cada rato se vuela con el viento caliente, no hay muebles ni marcos con paisajes, sólo unos cartones viejos echados en la tierra y cubiertos con cobijas a cuadros que algún samaritano le trajo a regalar a Luisa, el lecho de Luisa y su marido.

Luisa, cabellos ensortijados, oscura tez, recuerda la casa en la que vivía hace apenas unos meses en Haití, su país, y que se desmoronó, como un polvorón, con el último terremoto ocurrido a finales de agosto. Era una casa chiquitita, pero digna, dice Luisa: tres dormitorios, sala comedor, y una cocina con su estufa donde Luisa preparaba la comida.

Luisa, 32 años, todavía no tiene hijos, pero en esa casa habitaba toda su familia, su madre, hermanos, todos.

La casa que con tanto trabajo y esfuerzo habían levantado ella y su pareja, a pesar de que en Haití no hay empleo, ella lavaba ropa, cuidaba niños, él se ocupaba en lo que saliera, hacía cualquier cosa.

Pero pasó el temblor y lo desbarató todo.

Desde entonces Luisa y su compañero de vida se quedaron sin casa y duraron una semana viviendo afuera, en campamentos.

Hasta ellos había llegado el eco de un discurso, que lo mismo que a sus paisanos desplazados por la pobreza en otros pueblos, resucitó su esperanza, “bienvenidos los migrantes”.

Por eso fue que Luisa y su marido se decidieron a emprender el éxodo desde Haití, en busca de otro hogar, de un pedazo de mundo para vivir, para respirar.

Anduvieron como nómadas, como judíos errantes, de país en país, nueve, 12, 13 países, cuatro o cinco meses de camino para llegar a la frontera de Ciudad Acuña.

“Quedamos sin hogar, por eso es que nos tocó salir. Uno no migra porque quiere, sino por necesidad. Nadie quisiera dejar su país, de verdad”, dice Luisa.

Acá se toparon con la noticia de que no los dejarían alcanzar esa entelequia llamada sueño americano y acariciada por muchos.

Luisa y su marido no tuvieron de otra que quedarse a vivir a la intemperie en el Parque Braulio Fernández con otras familias, y montar aquí este castillo de hule y cartón, en una tierra desconocida, que no era de ellos.

Luisa dice que su nueva casa no se parece nada a la que tuvo en Haití: hay muchas hormigas, mosquitos y en la noche hace mucho frío, Luisa ya está ronca del polvo, no puede dormir tranquila.

“A todo el mundo le gusta vivir en un lugar digno”, dice.

Ahora Luisa no sabe lo que va a hacer, siente que ya nada le pertenece, pero aun guarda la ilusión de encontrar para ella y su marido un pedacito de mundo… 

Desde la orilla, una patrulla acuática del Border Patrol vigila el flujo de ciudadanos. Por vía terrestre, con ayuda de vehículos 4×4, agentes fronterizos realizan rondines por la zona.


El bebé migrante con un destino al aire

El bebé de Wydline, no ha nacido, Wydline, tiene cuatro meses de embarazo, y ya es migrante como su madre.  Todavía no ha nacido y ya se quedó sin patria, sin un lugar donde vivir y crecer.

Ya ha recorrido, desde Chile, algo así como nueve países en el vientre de su mamá. 

“Me siento culpable. No sabía que estaba embarazada antes de venir acá, si he sabido…”, dice Wydline al caer la tarde en el campamento migrante de Acuña, recostada en la cama de cartón y cobijas al aire libre que hace las veces de hogar.

“Imagínate”, dice Wydline, 30 años, con todos los riesgos que ella y su esposo pasaron en su caminata desde Chile, cruzando montañas y ríos peligrosos. En el consultorio del campamento instalado por Médicos sin Fronteras, a Wydline le dijeron que todo va bien con el embarazo, salvo una infección bajo vientre.   

Wydline dice que no sabe qué va a pasar con ella y con su bebé, su única certeza, su único sueño es llegar a Estados Unidos para que “mi hijo viva mejor que yo”. Aunque sea –de momento– una de las migrantes que no logró cruzar, una migrante que seguirá en movimiento en busca de un hogar.

Se estima que a la zona llegaron en las últimas semanas 14 mil haitianos, al cierre de esta edición, del grupo de migrantes que logró cruzar el río, mil 400 haitianos fueron deportados en vuelos y ya solo quedaban 255 bajo del puente.

¿Por qué hay una marea de haitianos en Ciudad Acuña?
Son muchas las teorías, lo único cierto es que están en busca de un hogar, de una patria mejor


Este reportaje forma parte del Hub de Periodismo de Investigación de la Frontera Norte, un proyecto del International Center for Journalists, en alianza con el Border Center for Journalists and Bloggers.