Los deudos de 63 mineros siguen exigiendo lo mismo que hace tres lustros: rescatar los cuerpos y que se castigue a los responsables; aunque a últimas fechas se les ha tendido la mano, aun no ven acciones

Después de 15 largos años de aquella memorable tragedia minera, muchas cruces, las cruces que los familiares de los caídos sembraron justo en la curva que va a San Juan de Sabinas, entronque Mina 8, el sitio del desastre, ya no están.

Como eran de madera triplay, la mayoría se deterioraron con el tiempo y se cayeron, como una esperanza que se cae, que se derrumba. 

Las que ahora existen en el lugar, unas cuantas cruces gruesas que se alzan al cielo como un recuerdo de algo que no debe ser olvidado, y que están hechas de los pilotes que usan los mineros bajo tierra, son más nuevas, pero aún faltan muchas por sembrar.

Hay algunas tumbadas, abandonadas, olvidadas, sobre el yermo, otras lucen de pie, ajadas, débiles, como cansadas de esperar, contra toda esperanza, algo que no llega.

“Son algo simbólico, es dar el mensaje de que las familias aún estamos en la espera. Es lo único que tenemos, no hay nada, es esperar a que se llegue septiembre, que es cuando dijeron que se va a iniciar el rescate, digamos que esa es nuestra esperanza.

“Realmente lo que tenemos ahorita es una promesa. Yo el día que me sienta tranquila es cuando yo vea que ya están realizando el rescate, mientras nos prometan, no, porque nos han prometido muchas cosas. Muchas veces nos han dicho que sí y a última hora salen que no… No me quiero ilusionar con algo que nos van a arrebatar. Los hechos son los que hablan. Mientras el rescate no se inicie, no tenemos nada. Las familias lo que peleamos es la búsqueda de nuestros familiares, queremos recuperar lo que se pueda recuperar…”.

Dice Elvira Martínez Espinoza, la viuda de Jorge Bladimir Muñoz Delgado, uno de los 63 mineros que aún permanecen sepultados en Pasta de Conchos, al cabo ya de tres lustros, tres largos lustros de espera.

Elvira está sentada en un sofá de la sala de su casa, en Palaú, Coahuila, al fondo, sobre un centro de entretenimiento, tirita la llama de una veladora a los dos grados bajo cero que este sábado hacen en la región del carbón, la región del dolor.

Elvira platica que a 15 años de que sucedió aquella catástrofe que dejó a 65 esposas sin marido, a otros tantos padres sin hijos y a hijos sin su padre, las familias han pasado de todo.

Mamás y papás, nadie lleva un registro de cuántos, que se murieron, en la espera de que sacaran a sus vástagos, a 150 metros de profundidad, de las fauces de la tierra. 

“Fallecieron sin ver ese anhelo tan esperado…”, dice Elvira.

Uno de esos papás es don Juventino Muñoz, el suegro de Elvira, padre de Bladimir.

Hoy a las familias de Pasta de Conchos las mantiene solamente una esperanza:

Y es la promesa que, en octubre pasado, hizo el presidente Andrés Manuel López Obrador de que en septiembre de este año iniciarán físicamente los trabajos del rescate de los 63 carboneros atrapados en la Mina 8. 

“A la fecha no hay nada definido, entonces sí genera un poco de incertidumbre, empieza uno así como… que a dudar porque hay un silencio tremendo en torno al rescate, nadie dice nada… En mayo de 2019 el señor Presidente hace público lo del rescate ‘sí, lo vamos a hacer’ y todos al principio felices, dijimos ‘estamos contentos porque, al fin, alguien nos escucha’. Empezamos a trabajar.

“A mí me desconcertó un poco cuando en septiembre de 2019 se nos hace una invitación a la Ciudad de México para reunirnos con el Presidente, que porque nos tenía unas propuestas. Para esto habían venido acá a levantar un censo y a mí no me gustaba que preguntaran si queríamos el rescate o un mausoleo, ¿por qué si íbamos muy bien? Ya vinieron los expertos. Todo iba avanzando seguido, seguido, seguido, con un plan de trabajo con fechas para cada cosa que se iba haciendo y de repente un freno…  ‘¿de verdad quieren el rescate?, ‘o ¿no quieren un mausoleo?, a lo mejor con un mausoleo…’, dije yo ‘ay, no, no, no, que ni vaya a ser que se arrepientan’, y de ahí las cosas no han caminado como iban, como que ahora el paso es más lento. Entonces ahí sí digo como que hasta ya los veo dudando”.

¿Será por eso que cuando se llega febrero de cada año, y a lo largo de estos 15, Bladimir se aparece en los sueños de Elvira llorando, llorando, llorando, sin hablar?

En las palabras de Elvira ya no hay sollozos ni llanto, como al principio, ya no, ya han transcurrido 15 años, largos 15 años de aquel siniestro. 

“Estos 15 años han sido, primeramente, de mucho dolor, mucho coraje, por todo lo que hacían contra nosotros, pero también han sido de un aprendizaje, sobre todo el de que si no luchas no alcanzas, si uno se queda callado…

“Ha habido otros eventos lamentables antes de Pasta de Conchos y nadie decía nada, la gente se quedaba callada. A lo mejor porque les daban lo que tanto anhelamos nosotros: el poder recuperarlos a ellos y poderlos sepultar, y hasta ahí quedó. Lo de nosotros a lo mejor es eso: como no hemos recibido lo que es de nosotros, nuestra lucha sigue y sigue y sigue, y tratamos de darnos aliento y buscar la esperanza donde se pueda”.

En ese afán Elvira, como el resto de las esposas, padres, hermanos, hijos de los mineros caídos la madrugada del 19 de febrero de 2006 en la Mina 8 de San Juan de Sabinas, hubo de dejar a sus críos, para emprender su lucha.

Fueron años difíciles, cuenta, de mucho dolor y mucho coraje, por todas las mentiras, por la protección que el Gobierno Federal le dio a Grupo México.

“Quieren dejar ahí enterrado tanto la dignidad de las familias como una verdad”, dice Elvira.

Casi tres sexenios de impunidad.

 

“Vemos que los intereses económicos pesan más que el dolor de las familias. Nos decían que sí iban a hacer el rescate y luego, al final, que no, que no se podía, que porque esto, que porque lo otro. Cuando nosotros sabemos que sí se puede realizar, simplemente es cuestión de voluntad política. Te da mucho coraje cómo han ido sacando a las familias de la mina, a donde las familias iban…”, recuerda Elvira.

Y recuerda el día que funcionarios del gobierno de Coahuila, sin autorización alguna, desalojaron de la mina a las familias que permanecían allí en plantón pacífico permanente para exigir el rescate de los mineros, a mediados de 2010., uno de los sucesos que marcaron la historia de esta lucha.

-¿Cómo han visto a este gobierno federal?, se le pregunta

El discurso es diferente al de los otros tres gobiernos, los otros gobiernos negativas, negativas, negativas. Este gobierno desde un principio dijo ‘cuenten con nosotros personal e institucionalmente’, pero quiero ver hechos…

15 años después de la tragedia, los hijos de Elvira y Bladimir, que entonces tenían 12, 11 y tres años de edad, a la vuelta de la vida crecieron y se hicieron profesionistas.

“Yo no pensé que mis hijos se fueran a realizar tanto. Estamos en un pueblo en donde las oportunidades no son muchas para los jóvenes. Son pueblos muy olvidados… que deberían de estar en otras condiciones. La gente se va a trabajar a las minas porque no hay otra fuente, no hay otra opción para ellos. Lo único que hay son las maquiladoras, pero están en Múzquiz.

Palaú no tiene maquiladoras, Palaú no tiene universidades”.

Con todo y eso Tania Yesenia, la mayor, es enfermera, con especialidad en obstetricia; Cristian es técnico en mecatrónica y está estudiando administración y Estefanía, la más chica, acaba de ingresar a la Facultad de Medicina, por lo que está contenta. 

Elvira dice que Bladimir, el padre, debe estar orgulloso de ellos desde el cielo.

“Yo se los encargo mucho a él”, dice.

Pero la herida no sana, está latente y cada fecha importante: la Navidad, el cumpleaños de “Bladi”, como le dice Elvira, el Día del Padre, las bodas de sus hijos… la llaga se abre y ese dolor agudo de 15 años retoña.

Y entonces a las esposas, a los padres, a los hermanos a los hijos de los carboneros, no les ha quedado de otra que ir sobrellevando el dolor y aprender a vivir con él. 

“Aferrándonos a una esperanza, de que a lo mejor esto, algún día, pueda tener un buen fin”.

-¿Todavía van a la mina?

Yo ya no. Ya tengo un buen rato que no visito el lugar, no recuerdo cuándo fue la última vez, pero cada año viajamos a la ciudad de México, al antimonumento, y nos hacemos presentes en la ciudad para recordarle al gobierno mexicano que tiene una deuda con las familias.

Los días del Padre, Elvira no va a la mina a dejar flores ni veladoras, dice que porque no le gusta ese lugar.

Está esperando, contra toda esperanza, que el gobierno le entregue a “Bladi” para llevarlo a enterrar en sagrado y tener una tumba donde ella y sus hijos puedan ir a llorar y dejar flores.  

Pero ni aun así Elvira, y las demás esposas, padres, hermanos e hijos de los mineros muertos en Pasta de Conchos, estarán tranquilos hasta que salga a la luz la verdad de lo que ocurrió y se haga justicia.

“La búsqueda y el rescate de nuestras familias trae una verdad, por eso es que la peleamos, la peleamos y la peleamos, una cosa viene con otra y, claro, queremos una justica. En los compromisos que hace el señor Presidente no habla de una justicia, no habla de una investigación…”.

-¿No ha caído nadie?

No, pero dijimos, ‘primero, lo primero, búscalos y entrégalos’, las cosas se van a ir dando, pero necesitamos que esto empiece y el inicio es el rescate…  Lo primero es la búsqueda: busca, castiga y repara… Así debe de ser el orden. ¿Por qué están empezando con las indemnizaciones?, para mí están manejando mal las cosas, pero aún así trato de ser paciente y de mantener la esperanza de que esto se va dar.

-¿Sirvió de algo esta tragedia?

No, y es muy triste ver cómo siguen cayendo mineros. Los pozos, que no están contemplados en la ley que existan, están visibles y el gobierno del estado no hace absolutamente nada, Secretaría del Trabajo trata de hacer, pero los empresarios siempre buscan la manera de escabullirse y la gente va porque necesita empleo, tiene que vivir y no hay opción y más viudas y más huérfanos. No hay un cambio. Se le ha pedido a la Secretaría del Trabajo las medidas de no repetición, sin embargo, no vemos que hagan nada.

‘TRÁEME A TU PADRE…’

La instantánea de aquellos días de comienzos de 2006 que se quedó más grabada en la memoria de Guillermo, hijo del minero Guillermo Iglesias Ramos, fue la de su madre, Martha Argelia López, extendiendo los brazos y suplicándole que le trajera a su marido.

“Me dijo mi madre, ‘tráeme a tu padre como sea’. Hijo, haz de cuenta que fue una orden que dije ‘pos nunca voy a parar’. Una madre da la vida por su hijo, un padre enfrenta los retos por su hijo. Yo como hijo daría mi vida por tener el cuerpo de mi padre”, suelta Guillermo, los ojos inundados.

Desde entonces Martha empezó a sentirse sola, a enfermar.

Cuando Guillermo, su hijo, le anunció lo que las autoridades habían dicho, sobre los carboneros, que no podían estar vivos y que las labores de rescate se iban a suspender, a Martha se le apagó la luz en sus ojos.

11 meses después de aquella madrugada aciaga, la madre de Guillermo murió, esperando, esperando…

“En menos de un año mis hermanas y yo perdimos a nuestros padres y nos dolió tanto, por eso estamos en esta lucha”.

15 años después los restos mortuorios del papá de Guillermo, continúan atrapados en las profundidades de la Mina 8, sin que nadie haga nada.

El padre de Guillermo tenía 58 años, 23 de trabajar en Grupo México, y era uno de los mineros más especializados dentro de la compañía. 

“Se quejó varias veces con el sindicato, con la empresa y no. Se quejó de que había malas condiciones, mucho gas, la ventilación era muy ineficiente.  Crearon las condiciones inseguras y sucedió el accidente. Ellos no debieron haber muerto, si se hubieran corregido… Los mataron”, dice Guillermo.

Igual que las cruces que están en la curva que va San Juan de Sabinas, entronque a la Mina 8, la zona cero de la catástrofe, la esperanza de Guillermo está ajada, débil y a punto de caer.

“Las viudas veían que las labores de rescate no se hacían, primero se acercaron dos viudas y plantaron su cruz, al otro año siete viudas y plantaron su cruz. De repente se olvidan, pos andamos en la lucha, pero esas cruces son respetuosamente un símbolo de esa lucha”, dice Guillermo Elías Iglesias López, ingeniero minero metalúrgico, el hijo de don Guillermo Iglesias Ramos, uno de los 65 carboneros que parecieron em el desastre de Pasta de Conchos.

“La demanda principal de aquellos, días, que es la recuperación de los restos, no se ha llevado a cabo y es algo que llena de sentimientos: de coraje y de mucha impotencia”, platica Guillermo una tarde gélida y nublada en el porche de su casa de Nueva Rosita, muy cerca de donde vivían sus padres

Guillermo dice que después de 15 años de viajes a México, marchas, monumentos, cruces, ya está cansado.

“En 2007–2008 me tocó traer la cruz esa que planté en la curva, yo la traje, yo la sembré ahí. Desde ese tiempo yo tenía mucho coraje”.

Lo único que se le ocurrió fue tomar una cruz, su cruz, caminar con ella en hombros, como en un viacrucis, y plantarla a la orilla de la carretera.

Es la cruz grande que está en la curva, la que dice con letras grandes, “Rescate y justicia”, la misma que bendijo el obispo Raúl Vera.

Guillermo y sus hermanas Martha, Sandra, Dariana, Gabriela, todavía siguen su calvario.

“Nos reunimos, platicamos, lloramos, nuestros hijos nos miran. Hasta ahí llega la desesperación porque no han hecho nada. Así como veo… no hay avances. He visto una perforadora, tampoco no me quieran engañar”.

EL ‘VIACRUCIS’ DE ROSIO ANTE LA AUSENCIA DE PEDRO, LA FE EN EL RESCATE

Mañana fría de domingo. Palaú, Coahuila.

En el recibidor de su casa con chimenea y sillones voluptuosos, Rosio Turrubiate Delgado, la viuda de Pedro Dóñez Posada, piensa, la mano en el mentón, y hace un balance de lo que para ella han sido los últimos 15 años, tras la desgracia ocurrida en la Mina 8.

Rosio dice que lo más difícil fue haberse convertido, de la noche a la mañana, en madre y padre, en padre y madre, de sus dos hijos, que a la sazón eran adolescentes.

“Sin que nadie te avisara, ‘oye ya mañana tu rol no nada más va a ser de mamá, va a ser también de papá’, educar y criar a los hijos es difícil”.

El sábado 18, unas horas antes del accidente, Pedro había ido por Rosio a su trabajo, Rosio es enfermera en una clínica del IMSS de Palaú.

Pedro estuvo muy serio, de por era una persona muy seria, pero esa vez Rosio lo noté más serio que nunca.

“Se despidió, dijo que ya se iba, más nunca dijo que para siempre”, cuenta Rosio, la voz quebradiza.

De los muros cuelgan algunos recuerdos familiares, el de Ivone, la hija de Rosio y Pedro, el día de sus quince años, con Pedro y Rosio, la felicidad en el rostro.

Un quinceaños con príncipes y toda la cosa.

¿Quién podía imaginar que dos años después, cuando Ivone tenía 17, sobrevendría la desdicha para la familia, para las familias de la Carbonífera?

En medio de la sala dos chicos corretean.

Son los nietos de Rosio, hijos de Ivonne, Ivonne tiene ya tres hijos y es maestra de escuela, igual que se hermano.

Adrián, uno de los críos, es el vivo retrato de Pedro, su calca.

“Le digo a mija, ‘mira, el niño está igualito a tu papá’”.

Rosio dice que después de 15 largos años de espera al fin se siente contenta y ha recobrado la paz, tras el compromiso hecho por gobierno federal de recuperar los restos de Pedro.

“Dicen que la esperanza es lo último que muere. Creemos en Dios y estamos a lo que Dios decida. En esta vida siempre hay que ser optimista. Durante 15 años vimos oscuro, pero ya viene la luz”.

La última vez que el presidente López Obrador visitó la Carbonífera, las familias de Pasta de Conchos le entregaron una carta en la que le pedían el rescate de los 63 mineros, mejores condiciones de seguridad en los yacimientos y empleo para la región.

Él se comprometió.

En los últimos tres lustros las familias, esposas, madres, hermanos, hijos de los carboneros, han hecho lo imposible por lograr que se atienda su demanda de rescatar a los seres queridos que la mina les arrebató.

“La gente piensa, ‘ya se olvidaron’, no, no, acuérdese que las luchas que más se ganan son las que se hacen con tranquilidad, en silencio”.

En el campamento, instalado a las afueras de la Mina los desde días posteriores al accidente que sacudió a la región del carbón y al mundo, hay familias todavía esperando que les entreguen lo que es de ellas.

-¿Cómo ha vivido esos 19 de febrero de cada año?

Muy triste, un día nublado para todos. Fue una noticia que sacudió al mundo entero, imagínese a nosotros.

Todas las noches, desde hace 15 febreros, Rosio habla con Pedro y le pide, hasta el cielo, que cuide a sus hijos.

“Le digo ‘cuídalos, quien mejor que tú que eres su ángel que está en el cielo’. Y les digo a mis hijos ‘ustedes tienen un gran ángel, una gran estrella’”.

Algunas noches Rosio sueña que escucha un estallido y luego mira a Pedro venir encarbonado.

En el sueño Pedro le dice a ella que no se acerque, que está sucio, que huele mal, en eso Rosio despierta.

‘JUAN MANUEL Y LOS DEMÁS SE QUEDARON ESPERANDO’, NUNCA LLEGARON A RESCATARLOS

No muy lejos de allí, en su casa de Agujita, Coahuila. María del Refugio Olivares Preciado, la viuda de Juan Manuel Rosales, uno de los 63 mineros que aún faltan por sacar del fondo de la tierra, se está acordando, como en un relámpago, de cuando su marido llevaba a la familia de día campo al río, a la presa, que se ponía a pescar y preparaba caldo de pescado.

Pero ya hace 15 años que eso se acabó, dice Refugio y no llora.

“Ellos siempre están en nuestro recuerdo… Un hijo mío que trabaja en los pozos, dice ‘amá, yo siento que mi papá me cuida, porque a veces que estoy tumbando carbón siento como que algo me dice quítate, me quito y… pas cae la piedra’”.

Ahora Refugio sólo mira a Juan Manuel en sueños.

Lo mira que está en la mina con otros hombres, todos formados en un círculo, en actitud orante.

“Esperando que los rescatáramos, están espere y espere y nunca llegamos, entonces ellos empiezan a rezar el Padre Nuestro y no lo terminan. Es una cosa muy dolorosa para mí ese sueño porque yo digo ‘es la realidad’, se quedaron esperando”.

A los hijos de Refugio les inquieta el no haber vivido un duelo como debía de ser.

“Como dicen, todo pasa. Al principio fue muy difícil. Ya todos mis hijos estaban casados, tenían su familia, pero siempre hace falta el padre. Me decía uno de ellos ‘mamá, pero nunca hemos vivido un duelo, nunca vimos nada, no pudimos sacar nuestro dolor como realmente era’. Lloraban y hasta la fecha mis hijos dicen que su papá les hace falta para… problemillas que traen, siempre falta el consejo”.

 

 

-¿A usted le hace falta también?

Sí, cómo no… Siempre te hace falta el compañero porque tienes problemas, ¿a quién le dices?, entre dos los solucionan. Para mí siempre fue muy difícil hacerme cargo yo, como padre y madre.

-¿Ya no llora usted?

A veces, como ahorita, son recuerdos, vuelves uno a vivir los recuerdos de ese día

Ahora con la promesa de las autoridades de que en septiembre comenzarán los trabajos del rescate de los mineros, Refugio, dice, está gustosa.

“Después de tantos años esperemos que realmente se haga, porque ya ve que anduvimos aquí y allá y nadie hacía caso, ningún presiente nos dio la cara, ninguno nos había recibido, hasta este presidente que nos tendió la mano… Esperemos en Dios que sí se haga el rescate”.

-¿Dónde anduvieron ustedes?

En México, pidiendo eso, lo que siempre pedimos: el rescate. Nos traían ‘que vayan aquí y que vayan allá’, todos, como luego dicen, se echaban la bolita… Se cansó uno, aparte que nos dijeron que ya no se podía.

-¿Tiene fe en que se haga el rescate?

Sí y, como dicen las compañeras, Dios nos dé licencia de llegar a verlo…